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El derecho de jugar en la calle

El derecho de jugar en la calle

Sin la calle nos hubiéramos perdido de Marta Vieira da Silva. La cinco veces mejor jugadora de la tierra empezó su largo camino hacia la conquista del mundo practicando con una pelota de trapo. Fue en las calles de barro de su pueblo Dois Riachos en Brasil, donde empezó a correr detrás de una pelota. En una de la tomas de un documental sobre su travesía, la cámara se detiene en una niña de pantalón fucsia, mientras hace toques con un balón en lo que parece ser la hora de la siesta del pueblo: ni una sola persona a la vista. La imagen dura apenas unos segundos, pero nos revela algo más puro: mientras los adultos duermen una niña tiene sueños de fútbol.

Detrás de cualquier crack hay una calle. Una pista, un parque, un terreno baldío. El ejercicio de patear una pelota es indetenible como una planta venciendo al concreto en su búsqueda de sol. Una fuerza natural que irrumpe aún cuando el sentido común nos dice peligro. Felizmente, cuando recién empezamos en esta vida no le tememos a nada, eso viene después. Sin embargo, si las calles fueran para jugar fulbito y no para el libre tránsito de autos, todos respiraríamos más tranquilos.

Para muchos prohibir jugar en la calle protege la vida de los niños. En realidad lo que protege es la usurpación de los autos del camino al frente de nuestras casas. Nadie quiere hacer un partido en una carretera. Sufrimos de amnesia colectiva cuando decidimos que los adultos tienen más derecho sobre la calles que los niños. Nos olvidamos del coche que no nos dejo quebrar un 2 a 2, decisivo para la honra del barrio. De las veces que sacrificamos la pelota por culpa de alguien que iba tarde a una reunión. De la bocina que interrumpió la celebración de un gol.

Queremos que los chicos se comporten como adultos, para que los adultos puedan comportarse como niños egoístas. Porque esta calle es mía y no te la presto.

Preferimos ver las calles vacías a que tengan el alboroto de un seis contra seis. Es por seguridad, declaran los entendidos que nunca fueron niños. Queremos que los chicos se comporten como adultos, para que los adultos puedan comportarse como niños egoístas. Porque esta calle es mía y no te la presto. El día en que un auto se detenga ante un partido improvisado la raza humana le anotará un gol a la intolerancia.

Algo peor ocurre cuando en un parque está prohibido pisar el césped. Se trata de una tragedia de la alegría. Se nos niega que nos lancemos irrompibles, a imitar el último truco de Ronaldinho Gaúcho. Como si fuera incivilizado tratar al pasto como pasto. Por qué preferimos proteger algo que nació para estar debajo de nuestros pies, que la magia de simular una chalaca. Que se vayan a una cancha, exigen. Que este pasto no está para esos trotes, afirman quedánse sin voz. Está bien señores, pero recuerden que nadie se enamoró del fútbol en una academia.

Fue en la calle donde ocurrió ese instante donde una superficie plana y una pelota es todo lo que necesitas para ser feliz. Fue la calle el primer testigo de nuestro romance con el balón. Vio las primeras gambetas y caídas, las barridas y los pelotazos en la cara. La razón de nuestra ropa mugre al final de la tarde. Hasta ese momento en que un adulto saque la cabeza del marco de una puerta y grite que es hora de que uno entre a la casa a bañarse.

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