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Carli Lloyd: la futbolista que se sentaba en el fondo del salón nos pone de pie

Carli Lloyd: la futbolista que se sentaba en el fondo del salón nos pone de pie

La maldición de ser muy talentosa es tener la falsa creencia que puedes lograr tus metas sin esforzarte. Si la mejor jugadora del mundo entrena hasta en Navidad ¿Qué estás dispuesto a hacer para superarte?

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Los medios la han llamado la atleta de clase mundial más extraña de Estados Unidos. Una jugadora fría como las piedras en los momentos difíciles, que desaparece en los partidos fáciles. La prensa norteamericana acostumbrada a premiar a los jugadores que tienen los mejores promedios se rascan la cabeza cuando tienen que definir a Carli Lloyd. Una futbolista que prefiere la sorpresa a la regularidad. Felizmente, la estadística no gana copas del mundo.

Por eso ella patea al arco en vez de asegurar el pase. Arriesga un ataque aunque pueda ocasionar un contragolpe. Pide la pelota cuando nadie más la quiere. En casi todos sus partidos la vemos con su cabello enrulado atado a un moño inamovible, sus ojos de un tono caramelo fijos en el balón, corriendo los noventa minutos, buscando una oportunidad para forzar el destino a su favor, gritando gol con fuerza Lloydiana. Antes, cuando estudiaba en la secundaria, acostumbraba a sentarse en el fondo del salón.

Cuando se recuerda como adolescente se describe como una de esas chicas que hacían reír al grupo, lejos de la mirada de los profesores. Intentando pasar por debajo del radar. En un salón no hay lugar más cómodo que la penúltima fila. La joven futbolista era un diamante que no necesitaba sentarse adelante. Alguien que desconocía lo difícil que es venir desde abajo. Una atleta que nunca se había exigido al máximo, porque nunca lo había necesitado.

Esta es la historia de cómo Lloyd ahora escoge sentarse en el fondo del bus que la lleva a los partidos, pero no para hacer reír a sus compañeras. Sino para concentrarse en salirse de los planes. La energía que despliega en los partidos no siempre se demuestran en sus números. La prensa especializada analiza sus balones perdidos, los remates fallidos, esos pases a ninguna parte; y no consiguen comprender del todo el porqué de sus dos medallas olímpicas, la copa del mundo, el balón de oro 2015 y 2016. Reducen su valor al de una jugadora que se crece en los partidos difíciles. Pero es mucho más que eso. Mientras que a Lionel Messi lo acusan de desaparecer en los partidos grandes, a Lloyd le demandan jugar con menos sorpresas, ganar sin arriesgar.

Sus celebraciones son una exhibición de su fuerza. Los puños cerrados, el grito que intenta expulsar cada molécula de oxígeno de su cuerpo. Una tensión eléctrica recorre cada centímetro de su cuerpo. Las venas exaltadas de su rostro, la mirada en búsqueda de una compañera. Vale la pena vivir por esos segundos. Vale la pena vivir

Aunque es la heroína de una de las mejores selecciones del mundo, aún siente que tiene que convencer a los hinchas, a sus entrenadoras, a ella misma, de que hacer lo inesperado es necesario. No es sencillo romper un esquema. Ya en sus treinta está dedicando casi la mitad de su vida en lograrlo. Ese es su legado.

Desde sus compañeras hasta sus más severos críticos la describen como la extraña que practica más de la cuenta y cuya rutina es la superación personal. Su cuenta de Instagram es un templo de la autoafirmación: “no cambies para que la gente te guste”. “Sé tu misma y las personas correctas te amarán como eres”. “La única persona a la que deberías querer superar, es la persona que fuiste ayer”. Carli Lloyd juega para ganar y no sólo para no perder. Incluso cuando no está en la cancha. Estamos acostumbrado a asociar a las mujeres como si su vida fuera una comedia romántica. Carli Lloyd no acepta ninguna invitación que no tenga que ver con el fútbol. Les dice no a revistas que quieren fotografías suyas con bikini. Les dice no a los medios que quieren verla en otra faceta que no sea la deportiva. Odia la cháchara improductiva que no le ayuda a ganar partidos. Si su imagen va a inspirar alguien debe ser en sus términos.

En la vida y el fútbol todo puede cambiar en un fracción de segundo. Lo que busca Lloyd es que ese instante sea a favor de su equipo. No tendrá tantos goles como Abby Wambach, pero los suyos ganan campeonatos… o los pierden. En el mundial de Alemania 2011 Carli Lloyd pateó un penal por encima del travesaño en la final contra Japón. Fue horrible, pero desde entonces no ha vuelto a fallar.

Es una jugadora que no se puede medir en regularidad sino con su impacto. En el fútbol femenino el nivel de las grandes selecciones de Europa o Asia es muy reñido, es un fútbol moderno de mucha marca, estrategia y despliegue físico. No basta con tener 90 minutos sobresalientes si no hay goles. Cuando la balanza está muy pareja aparece Lloyd haciendo un gol que no estaba en la charla técnica.

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Lo que te distingue de los mejores

En el 2012 después de conseguir su segunda medalla olímpica en Londres, Carli Lloyd visitó su casa en el pueblo de Delran, en el sur de Nueva Jersey. En un atuendo de invierno con pantalón jean y un suéter de colores, llevaba el cabello suelto y lacio, mientras mostraba su casa a un equipo de televisión, como un simple lugar de paso. Ella vivía la mayor parte de su tiempo en hoteles. Sin embargo, a diferencia de otros atletas de clase mundial, había escogido comprar su residencia cerca al mismo pueblo en el que creció. Simplificar las cosas. Estaba cerca de su familia, de su novio, y de su entrenador personal. Mudarse a otro lugar implica tiempo, y por ahora ella sólo tiene una prioridad en su vida: el fútbol. Antes se podía tratar de un exceso de comodidad. En el reportaje la vemos visitar el campo Peter Vermes donde ella empezó a jugar a los siete años. La cancha toma el nombre de un héroe local del fútbol, que como ella, consiguió estar en la selección de Estados Unidos. Su campo es un rectángulo de un verde otoñal, sin tribunas, apenas algo más que un lugar de entrenamiento. Pero para su vida significó mucho más. Como le quedaba a unas pocas cuadras de su casa, podía ir y venir a su antojo. No muy lejos de ahí también vivía Brian Hollins su actual prometido, con quien tiene una relación de más de una década. Él recuerda haberla visto de niños pateando el balón por horas. Incluso durante un invierno inclemente, tanto así que sus labios se cuartean y se hinchaban por el viento helado del campo, por lo que mientras crecía era conocida como “cuatro labios” Lloyd.

La ventaja de que todo lo tengas al alcance de tus manos es que puedes afianzar tus habilidades. Esos días de juego la convirtieron en la mejor futbolista de cada equipo en el que había estado. Cuando tenía 16 años al graduarse, fue la mediocampista del año en todo el Sur de Nueva Jersey. En la Universidad de Rutgers, la más antigua institución educativa del estado, fue la jugadora con más goles y asistencias en su historia. La desventaja, como confiesa Lloyd, era que no necesitaba esforzarse para sobresalir.

A unos meses de acabar la Universidad fue invitada para la selección sub 21 de Estados Unidos. El nivel de competencia reveló dolencias en su juego. En Estados Unidos hay millones de chicas que juegan fútbol. Sólo un grupo de 25 mujeres en cada ciclo mundialista tienen la oportunidad de convertirse en parte de la selección nacional.

Es un invierno duro, pero no lo suficiente como para faltar a práctica. Cuando Carli Lloyd entrena justo en días donde nadie practica, siente que consigue una ligera ventaja ante las demás. “Si yo entreno durante un feriado, es probable que nadie más lo esté haciendo. Eso me da a mi una ventaja” explica sin solemnidad o sacrificio en un entrevista para Sports Illustrated.

En aquel momento el entrenador Chris Petrucelli buscaba una mediocampista retrasada para recuperar el balón. Lloyd no tenía la resistencia física para ayudar en la marca. Perdía el balón y no lo recuperaba. No tenía un buen juego sin la pelota. Aunque convertía goles y daba asistencias, tenerla en el equipo era un lujo que el equipo no podía costearse. Detrás de ella habían jugadoras más preparadas para hacer ese trabajo. Debía irse. La posición natural de Lloyd es la de una mediocampista detrás de los delanteros, cuya responsabilidad es salirse del libreto. Es una diez, una posición que muchos consideran en extinción para el fútbol actual. Pero si quería regresar en la selección debía cambiar de puesto, mejorar físicamente y tener otra actitud. Para alguien que llevaba una vida en la cúspide del fútbol amateur, fue un golpe demasiado fuerte. Aún cuando el entrenador le pidió mejorar sus falencias para volver al equipo, al concluir la reunión la noticia la hizo romper en llanto.

Sintió que había llegado a su límite.

Tomó la decisión de dejar el fútbol, para qué molestarse en seguir jugando si no iba llegar a la selección de mayores. Al contárselo a su familia sonaba a una decisión definitiva. Terminaría la universidad y buscaría un trabajo. Su novio la ha descrito como una “Daredevil” alguien que le gusta el riesgo y las experiencias extremas. Lloyd fuera del fútbol se ha imaginado como parte del FBI o de la policía. Ya con la fama de sobresalir en momentos críticos, Lloyd ha contado varias veces sobre lo equivocada que estaba en ese momento. Con toda una vida jugando fútbol se sentía perfecta, que no debía cambiar o mejorar nada. Era una rabieta que pudo acabar con su carrera. La crítica produjo un efecto contrario al que esperaba el técnico Petrucceli. Para una atleta acostumbrada a la vida fácil de estar al fondo del salón, de pronto un entrenador le dijo la verdad: necesitaba sentarse adelante y prestar atención.

Sé realista imponte metas imposibles

Cuando la anterior ganadora del premio la alemana Nadine Kessler anunció que Carli Lloyd era la ganadora del balón de oro 2015, su vestido quebró la monotonía de los smokings o de los vestidos sobrios. Su piel tostada por el sol de los días de práctica, contrastaba con un vestido rojo, largo y entallado. La futbolista que ha anotado el hattrick más rápido en la historia de las finales de los mundiales, andaba lentamente su camino hacia el estrado. Llevaba unos tacos que la hacía extrañar la llaneza de sus botines, con sus manos se recogía el vestido para subir las escaleras, su cabello recogido en un moño elegante que la hacía ver como celebridad del cine y no del fútbol.

La fama de las chicas del sur de Nueva Jersey es que pasan demasiado tiempo maquillándose. Esta vez esa fama, convirtió a Lloyd en una chica que dejó a su audiencia con la boca abierta. Kessler le entregó el premio y le dejó una mejilla. Lloyd aceptó el premio, beso ambas mejillas, llegó al estrado, cogió el trofeo, lo dejó a un lado y tomó aire. En este punto de su carrera ha dado cientos de entrevistas, se ha convertido en una celebridad y ha aparecido en la portada de los mayores medios deportivos del mundo. Lloyd no es una oradora inspirada, suele ir al punto en cada declaración. Tiene muy en claro las cosas, y casi nunca duda. Pero cuando quiso hablar las palabras no salieron.

Les dice no a revistas que quieren fotografías suyas con bikini. Les dice no a los medios que quieren verla en otra faceta que no sea la deportiva. Odia la cháchara improductiva que no le ayuda a ganar partidos. Si su imagen va a inspirar alguien debe ser en sus términos.

Forbes, un medio especializado en finanzas, informó que es muy probable que su actuación en la final del mundial le diera contratos a partir de los dos millones de dólares. El alcalde de su ciudad manifestó el alegre problema de ya no saber qué hacer para celebrar a su más laureada deportista. Su gol de media cancha en la final había sido considerado uno de los más bellos del año. El presidente Barack Obama al invitarla a la casa blanca, bromeo con ella diciéndole que sólo Lloyd podría saber lo que significa ser presidente. El resultado de hacer en vez de decir es que a veces te quedes sin palabras. Entonces la mejor jugadora del mundo empezó su discurso, rápido y simple, como un contragolpe.

Saludó a su familia, a su otra familia de la selección, a Brian Hollins su futura familia. Felicitó al cuerpo técnico, a la entrenadora Ellis por creer en ella (y al hacerlo se convirtió en la mejor entrenadora del mundo). Y también saludó a un tal James. Habló de él como un mentor que había estado con ella desde que fue cortada de la selección hace casi diez años, cuando la convenció de no dejar el fútbol con una promesa a todas luces falsa: ella podría convertirse en la mejor del mundo. Y aquí estaba ella recibiendo el premio que le daba la razón a él.

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Ten los mejores en tu esquina

La primera vez que Carli Lloyd conoció a James Galanis, ella pensó que le estaba haciendo un favor a sus padres. Su padre había conversado con el entrenador de Steve, el hermano menor de Lloyd que también jugaba fútbol, como un acto desesperado. Era como pedir una segunda opinión sobre una enfermedad. Galanis era un australiano con ascendencia griega, enfocado en el entrenamiento de menores. Cuando fue jugador en el South Melbourne Hellas recibió las indicaciones de Ferenc Puskas. El extraordinario delantero húngaro, en su último tramo como entrenador recaló en Australia, donde daba Galanis sirvió de traductor para sus instrucciones en griego. Quizás fueran algo más que las indicaciones de Puskas, pero en el 1991 el Melbourne Hellas salió campeón de la liga australiana. Una parte de él se convirtió en técnico en aquella época. Pero el día en que ella fue a verlo,  Galanis no le habló sobre su pasado. Aquellos tres días hablaron del futuro. Sobre lo que necesitaba para convertirse en la mejor jugadora del mundo.

Nos han enseñado que soñar demasiado alto es peligroso porque las caídas suelen ser más duras. Galanis recuerda a una jugadora que no tenía fuerza ni resistencia ni flexibilidad. No sabía ni como respirar. Sin embargo, sentía que tenía el potencial de convertirse en la mejor. Ni su esposa le creía. Lloyd era una futbolista que estaba llena de excusas porque no podía alcanzar el siguiente nivel. “Ella estaba preocupada por cosas por las que no tenía control, pero descuidaba su entrenamiento y sus hábitos de vida” contó Galanis en una entrevista para FIFA.

Ali visualizaba sus peleas como una película en interminable repetición hasta el día del evento. Algo similar ocurre con Lloyd. Al comentar su actuación contra Japón, ella confesó que durante la primera media hora su conciencia desapareció. Lloyd no pensaba en anotar tres goles, tan sólo pasó así. Pudieron ser más.

El oficio de un entrenador es similar al de un minero. Para obtener mercancía preciosa, hay que ahondar en lo más profundo de la persona. Entonces Galanis le presentó a su mayor rival en la cancha y fuera de esta: la sentó en frente de un espejo. Si quería estar en la selección, debía cambiar su vida drásticamente. Había que hacer sacrificios. La prioridad sería el fútbol. Dejar el confort atrás. Es un truco de autoayuda, pero le permitió a Lloyd darse una segunda oportunidad. Desde entonces James Galanis se convirtió en un mentor, al que tiene en discado rápido de su Samsung Galaxy. Una vez, cuenta Galanis, Lloyd acaba de recibir su segunda medalla olímpica y en el camino a regresar a Estados Unidos la llamó para saber el próximo entrenamiento. —No había hablado ni con su familia— contó Galanis, sin embargo, le propuso un plan de tres pasos. El primero era regresar a la selección. El segundo convertirse en la mejor jugadora del mundo. El tercero convertirse en la mejor de la historia. Galanis conoce la personalidad de Lloyd. Es una futbolista que tiene que estimularse continuamente. Como un galgo de competencia que corre detrás de un conejo de mentira. La meta puede ser un espejismo, pero si crees que puedes atraparla, pronto descubrirás de qué estás hecho.

Meses después de la Copa del mundo, cae nieve en un campo de fútbol. La única persona visible en la cancha patea una pelota a un arco vacío. El balón revienta las redes y brota una escarcha como un terrible estornudo. Es un invierno duro, pero no lo suficiente como para faltar a práctica. Cuando Carli Lloyd entrena justo en días donde nadie practica, siente que consigue una ligera ventaja ante las demás. “Si yo entreno durante un feriado, es probable que nadie más lo esté haciendo. Eso me da a mi una ventaja” explica sin solemnidad o sacrificio en un entrevista para Sports Illustrated. Al final de la copa del mundo los medios le preguntaron qué sentía. Ella no habló de sueños hechos realidad, su victoria no tenía nada de cuentos de hadas. “Me he matado trabajando” aseguró.

Pero no se trata sólo de una preparación física. En realidad es un condicionamiento mental. Muhammad Ali se llamaba así mismo como  “El Más Grande” y le gustaba decirles a los periodistas el resultado de sus peleas antes de pelearlas. Para la prensa era un arrogante. Pero Ali visualizaba sus peleas como una película en interminable repetición hasta el día del evento. Algo similar ocurre con Lloyd. Al comentar su actuación contra Japón, ella confesó que durante la primera media hora su conciencia desapareció. Lloyd no pensaba en anotar tres goles, tan sólo pasó así. Pudieron ser más.

El cuerpo y la mente de Lloyd condicionado por años de entrenamiento y visualización se ahorro el raciocinio. Parece un truco sacado de una película de la Guerra de las Galaxias, pero ella sentía lo que debía hacer. Trabajar a diario por una meta te permite mantener la mentalidad de las personas que no son favoritas. Aún en la cima, siempre hay algo para mejorar. La mejor no da un centímetro de ventaja a su rival. La mejor aprovecha cada ataque para anotar un gol. Las mejores nunca se confían. Las mejores cargan a su equipo hacia la victoria.

Entrena la sorpresa

Todos los atletas profesionales entrenan, y después está el nivel Carli Lloyd de entrenamiento. No se trata de alcanzar niveles peligrosos de extenuación. Su nivel atlético está a un nivel tan alto que correr noventa minutos sin parar no le quita el aliento. Sin embargo, después de entrenar con el equipo, después de los gimnasios, de los ejercicios técnicos, a veces intenta anotar goles desde zonas que no tienen ángulo al arco. En un video la vemos anotando tres de seis intentos a cinco pasos desde el tiro de esquina hacia el arco. ¿Quién sabe si ocurrirá en un partido? El fútbol debe ser uno de los deportes más inesperados del mundo, el entrenamiento de Lloyd, busca reducir esa brecha. Reaccionar con comodidad a la sorpresa. Su talento aparece en el momento en que las piernas no dan más, el tiempo está por acabarse y el marcador es adverso. Todos entrenan para evitar esos escenarios pero Lloyd sigue en la cancha haciendo horas extras, en caso de que lo inesperado ocurra. En una conferencia después de ganar el mundial de Canadá 2015 dijo que su entrenamiento se trataba de estar cómoda fuera de su zona de confort. Saltar un poco más alto aunque su fuerte no sea el remate de cabeza. Practicar voleas fuera del área utilizando su pie menos hábil. Picar al vacío, después de entrenar, y terminar en una definición en un toque frente al arco. No sólo son entrenamientos físicos, son ejercicios mentales.

Galanis conoce la personalidad de Lloyd. Es una futbolista que tiene que estimularse continuamente. Como un galgo de competencia que corre detrás de un conejo de mentira. La meta puede ser un espejismo, pero si crees que puedes atraparla, pronto descubrirás de qué estás hecho.

En esas recreaciones la diez de Estados Unidos trata de grabar cierta sensación en su cuerpo. Es una especie de memoria cinética. En la mente de esta chica de Nueva Jersey no existe otro objetivo que el continuo, indetenible y por lo tanto inevitable camino hacia ser mejor que el día anterior. Se ve haciendo historia, dejando un legado (sus marcas) para las millones de chicas que hoy sueñan en convertirse en profesionales. Sabe que cada partido será uno menos, desde aquel gol que anotó en la final del mundo de Canadá 2015.

Durante ese partido Estados Unidos quería anotar la mayor cantidad de goles antes de que el equipo japonés despertara, ya las había sufrido en dos finales antes. Las japonesas no saben rendirse. Durante uno de sus incesantes ataques, recibió un pase desde la banda derecha hacia el área. Lloyd no detuvo la pelota ni analizó su posición, toda una década de entrenamiento mecánico la ha preparado para actuar en vez de pensar. Tenía la posibilidad de impactar el juego de una forma efectiva y eficiente: un toque. Nada de carreras maradonianas. Un simple toque. Estiró su pierna, con la punta de sus dedos disparó entre los cuerpos de sus rivales. Gol. Sus celebraciones son una exhibición de su fuerza. Los puños cerrados, el grito que intenta expulsar cada molécula de oxígeno de su cuerpo. Una tensión eléctrica recorre cada centímetro de su cuerpo. Las venas exaltadas de su rostro, la mirada en búsqueda de una compañera. Vale la pena vivir por esos segundos. Vale la pena vivir

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