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Nahomi Martínez: la obstinada vida de una goleadora

Nahomi Martínez: la obstinada vida de una goleadora

Nahomi Martínez está enamorada del fútbol desde los cinco años. En su barrio, El Agustino, empezó a jugar antes de aprender a leer. Le bastaba con un grupo de amigos, un par de piedras que marcaban el arco en medio de la pista y una botella de plástico que hacía de pelota. Es todo lo que se necesita. Sus amigas le dicen «gato» por su contextura menuda, pero también por sus movimientos felinos. Esos quiebres inesperados que no se aprenden en una academia deportiva sino en las azarosas tardes de pichangas y que alcanzan su máxima expresión en la finta. Un movimiento propio del fútbol pistero que transporta la cintura del rival a una dimensión desconocida.  A Nahomi Martínez le gusta Ronaldinho y Neymar, jugadores que han convertido la finta en una forma de arte en movimiento.

Martínez tiene 17 años, la edad en la que debemos decidir qué es lo que haremos el resto de nuestra vida, pero también la edad en donde todo es posible. La niña que pateaba una botella de plástico ahora juega en la primera división del fútbol femenino por Alianza Lima. Es la segunda goleadora del torneo metropolitano y alterna en la selección sub 20. El fútbol, eso que hacía después de clases, durante este corto periodo de toma de decisiones, es en todo lo que piensa. Entrenar se ha convertido en algo que no está dispuesta renunciar.

El cambio de la pista al grass empezó en el club COFISA. Un equipo de varones donde anotó su primer gol en arcos que tenían redes. Su mejor amigo en el equipo pateó un pase largo frente al área. Las amistades afuera de la cancha suelen trasladarse dentro de ella de forma inesperada. Martínez quería llegar, que el pase no sea en vano. Entonces dio un brinco hacia adelante. Buscaba con la cabeza el balón. Conectó. Se metió. Gol.

—Jamás imaginé que mi primer gol sería de palomita. 

Desde aquel primer gol, Nahomi Martínez se acostumbró a quitar la tranquilidad a los arqueros. Primero en otros equipos de hombres, y después por el Real Maracaná, uno de los equipos de fútbol femenino más tradicionales. En 2013, su habilidad encaradora y sus ganas por llegar a todas las pelotas la llevaron a la selección peruana. Entonces empezó a llenar de sellos las hojas de su  pasaporte. Costa Rica, Paraguay, Uruguay, Brasil, Ecuador y Argentina. El fútbol es un deporte que quita tiempo, fiestas y fines de semana, pero te devuelve una visión del mundo.

Dime que no puedo, y tendré una razón para conseguirlo

Cantar el himno de Perú en otro país te hace respirar un aire diferente. De repente ya no eres sólo parte de esos veinte millones de peruanos. Ese once en la espalda te hace diferente del montón. Una sensación tan poderosa que hasta le ha cambiado el gusto, y ahora todo quiere que sea blanco y rojo. Colores que le recuerdan esos momentos en que su corazón intenta escaparse de su pecho. 

Pero el himno se queda corto cuando Nahomi Martínez recuerda su primer gol con la selección. Estaba lesionada. Un esguince de segundo grado hacía que al correr su tobillo se sintiera como en cortocircuito. Intento no hacerle caso, enfocarse en el arco rival. Entonces en una jugada dividida resolvió hacia la portería. Gol. Había aguantado durante setenta minutos, no como una mártir sino con la terquedad habitual de los delanteros que no quieren dejar la cancha hasta anotar.

Quiere llegar al mundial. Anotar más goles. Sabe que es un camino largo. Hay que adaptarse al estilo de juego de los clubes, a la filosofía del entrenador de turno. Se ha propuesto estudiar por las mañanas y entrenar por las tardes. También continuar jugando contra hombres. Quiere vencer su exigencia y ser igual de fuerte, para que ninguna mujer pueda contra ella. 

Había aguantado durante setenta minutos, no como una mártir sino con la terquedad habitual de los delanteros que no quieren dejar la cancha hasta anotar.

—Dime que no puedo, y tendré una razón para conseguirlo— asegura Martínez. Una adolescente acostumbrada a amagar los retos imposibles para encontrarle una salida.  No sabemos si podrá conseguir sus metas, su camino es largo pero lo enfrentará con la misma fortaleza con la que luchamos por nuestros primeros amores.

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